
Rafael Marín Marín | No vamos a calificar ni opinar nada “personal” de las acciones de las y los actores políticos que, en el año legislativo que se va en México en el Senado, fueron ampliamente cuestionadas, dentro y fuera de México, por la prensa y la propia sociedad mexicana. Cada uno de ellas y ellos, son arquitectos de su propio destino y, cada acción tiene una reacción.
Más bien queremos dedicar estas líneas a recobrar el sentido y papel que tiene el Senado de la República, que no es ni por chiste, el montaje de bravuconadas, desaciertos, poca productividad, leperadas, obscenidades y hasta “valemadrismo” como decimos los mexicanos. No, no vamos a hablar de eso, todos sabemos la clase de año perdido que fue prácticamente para el Senado de México por quienes protagonizaron escándalos y por supuesto quienes se los permitieron, es decir, los mismos integrantes de él.
El artículo 41 constitucional, establece que el pueblo ejerce su soberanía por medio de los Poderes de la Unión y el 49 constitucional que, el Supremo Poder de la Federación se divide para su ejercicio en Legislativo, Ejecutivo y Judicial, que no podrán reunirse dos o más de estos Poderes en una sola persona o corporación, ni depositarse el Legislativo en un individuo. Y el poder legislativo artículo 50 constitucional dispone que, el Poder Legislativo se deposita en un Congreso general, dividido en Cámara de diputados y Cámara de senadores.
En los antecedentes constitucionales e históricos y, debates, del artículo 50 (Derechos del Pueblo mexicano; México a través de sus constituciones, Tomo VI, Cámara de Diputados), se advierte que en la Teoría de los Controles al poder del Estado (Loewenstein 70), una vez que el congreso logra su independencia funcional, éste se constituye en “un medio de control interrogantico frente al gobierno” pues cuestiona gran parte de sus actos, como medio normal de contrapeso político. Es decir, no es representante de uno de los otros dos poderes de la unión, sino del mandato del pueblo, mandato que se constriñe a lo que la propia constitución le ordena ex profesamente como legislador. En efecto, el derecho a la representación reside ya no en lo individual, sino indivisiblemente en lo colectivo (Depetre 48). Así es, la Teoría de la representación es producto de la corriente de la Ilustración que establece el principio del gobierno del pueblo. Legislativo.
Con cerca de 25 antecedentes, consultables en la versión estenográfica de los Congresos constituyentes del 56 y 16-17, destaca que el senado tenía algo de “aristócrata”, al ser electo el senado por legislaturas locales, sin filtros de eficiencia legislativa, “siendo el senado cuartel de invierno de nulidades políticas”, por lo que Zarco se opone a su desaparición, revirando que si el senado anda mal, también los otros dos poderes, por lo que propone “averiguar en qué consiste el mal y aplicar el remedio”. El tiempo le da la razón y el senado es electo por voto popular con la introducción de minoría y representación proporcional que ya conocemos y si, ampliamente cuestionable.
Aunque no existe un “objetivo” como tal del Senado, sabemos que es un contrapeso de los otros dos poderes de la Unión (Montesquieu). Lo que sí sabemos es que el artículo 1 constitucional establece que en los Estados Unidos Mexicanos “todas las personas gozarán de los derechos humanos reconocidos en esta Constitución y en los tratados internacionales de los que el Estado Mexicano sea parte, así como de las garantías para su protección, cuyo ejercicio no podrá restringirse ni suspenderse, salvo en los casos y bajo las condiciones que esta Constitución establece.” Y esa sí que es una obligación del Senado de República, con legisladores serios, responsables, que sepan asumir el reto constitucional e histórico, y no sean parte de un escenario circense.
En la película I de Gladiador, Cómodo le dice a Marco Aurelio su padre, que no tiene las cuatro virtudes cardinales de prudencia, justicia, fortaleza y templanza; pero en cambio ambición (avaricia, codicia, egoísmo), imaginación, coraje, devoción. Desea desaparecer el Senado, bajo el argumento de que lo abrazará como un padre lo hace con un hijo. El final todos lo conocemos. Y nos quedamos con las cuatro virtudes cardinales. Requerimos un Senado de la Republica, a la altura, no un cuadrilátero o ring.
El autor es Secretario General del Frente Nacional Jurídico en Defensa de la Constitución y el Estado de Derecho.
















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