
Un viaje desde la Edad Media hasta «El Arte de la Mesa»
La Redacción | 15 de julio de 2025 | La servilleta, ese pequeño trozo de tela que hoy colocamos en el regazo sin pensarlo, tiene una historia fascinante que se remonta a la Edad Media, cuando la etiqueta en la mesa era tan cruda como los banquetes mismos. A través de siglos de costumbres, malentendidos y la visión de un genio como Leonardo da Vinci, este objeto cotidiano se transformó en un símbolo de refinamiento.
En la Edad Media, los cubiertos no existían en las mesas europeas. Los comensales usaban sus manos para comer, limpiándose la grasa y los restos en lo que tuvieran a mano: el mantel, la ropa o, sorprendentemente, el pelaje de perros y conejos presentes en los salones de la nobleza. Estos animales no solo eran compañía, sino una solución práctica —y poco higiénica— para la limpieza. Los manteles, a menudo de lino, soportaban el desgaste de cada festín, mientras que la higiene, como la entendemos hoy, era prácticamente inexistente.
En el siglo XIII, las cortes europeas comenzaron a colgar telas en las paredes, conocidas como touailles en francés, para ofrecer una alternativa más digna para limpiar las manos. Sin embargo, su propósito principal no era la higiene personal, sino proteger los costosos manteles. De ahí deriva la palabra servilleta, del francés antiguo serviette, que combina servir (servir) y nape (mantel), reflejando su función original de “servir al mantel”.
La verdadera evolución de la servilleta llegó en el Renacimiento. Según crónicas de la época, Leonardo da Vinci, conocido por su ingenio, se horrorizó por la falta de etiqueta en los banquetes de la corte milanesa. En 1491, durante un fastuoso evento organizado para Ludovico Sforza, Da Vinci propuso una idea revolucionaria: proporcionar una servilleta individual a cada comensal. Su visión era que la mesa fuera un espacio de elegancia, libre de manchas y desorden. Sin embargo, los invitados, poco acostumbrados a la novedad, usaron las telas para sonarse la nariz, frustrando al genio.
Con el tiempo, las servilletas de lino o algodón se convirtieron en un distintivo de sofisticación. En el siglo XVI, se popularizó colocarlas al cuello, sobre el hombro o en el brazo izquierdo. No fue hasta el siglo XVIII que encontraron su lugar definitivo en el regazo, un gesto que hoy nos resulta instintivo. Este cambio reflejó una creciente preocupación por la higiene y la estética en la mesa, consolidando la servilleta como un emblema de civilización.
Lo que comenzó como una solución práctica para proteger manteles se transformó, gracias a siglos de evolución y la creatividad de figuras como Da Vinci, en un símbolo de refinamiento. Hoy, al doblar una servilleta, participamos en una tradición que combina historia, arte y el eterno esfuerzo por hacer de la mesa un lugar de orden y belleza.
Fuente: Basado en estudios históricos sobre la etiqueta medieval y renacentista, citados en A History of Manners de Norbert Elias y artículos de divulgación en The Guardian.

















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