Mujica y Castillo Por La Justicia Social
José Alberto Mujica Cordano Pepe Mujica

“Nadie es más que nadie, porque cada cual tiene su pedazo de sueño para armar el mundo nuevo.”
— Eduardo Galeano, Patas arriba: La escuela del mundo al revés

Carlos Morales Tapia | Hoy, 13 de mayo de 2025, el mundo despide a José Alberto “Pepe” Mujica Cordano, exguerrillero, expresidente de Uruguay (2010-2015) y símbolo universal de la izquierda latinoamericana, quien falleció a los 89 años. Su vida, marcada por la resistencia, la humildad y un compromiso inclaudicable con los “nadies”, resuena con la lucha de otro gigante de la izquierda: el veracruzano Heberto Castillo Martínez, ingeniero, activista y pionero de la democracia mexicana, fallecido en 1997. Desde el sotavento veracruzano hasta las pampas uruguayas, ambos dejaron un legado que sigue encendiendo la llama de la justicia social en América Latina.

Pepe Mujica: El guerrillero que soñó con los nadies

Nacido el 20 de mayo de 1935 en Montevideo, Mujica fue un joven rebelde que, inspirado por la Revolución Cubana y Las venas abiertas de América Latina de Eduardo Galeano, se unió a los Tupamaros, un movimiento guerrillero urbano que desafió la dictadura militar uruguaya (1973-1985). Por su lucha, pagó un precio brutal: 14 años de prisión, incluyendo largos periodos en aislamiento, donde, según él mismo relató, “hablaba con las hormigas” para sobrevivir la soledad.

Liberado en 1985 bajo una ley de amnistía, Mujica transformó su rebeldía en política. Como líder del Frente Amplio, una coalición de izquierda, fue senador, ministro y, finalmente, presidente de Uruguay. Su mandato (2010-2015) marcó un hito: legalizó el matrimonio igualitario, el aborto en el primer trimestre y la marihuana, desafiando el conservadurismo regional. Pero su mayor legado fue su humildad: donó el 90% de su salario presidencial a los pobres, rechazó vivir en el palacio presidencial y manejó un viejo Volkswagen Beetle hasta el Congreso.

Mujica fue parte de la “Marea Rosa” de líderes izquierdistas que, en los 2000, transformaron América Latina, junto a Lula da Silva y Evo Morales. A diferencia de otros, gobernó con moderación, dialogando con la derecha y criticando el autoritarismo de figuras como Nicolás Maduro o Daniel Ortega. En 2014, en la Feria del Libro de Guadalajara, dijo: “Vivimos en el continente más injusto del mundo, pero con la peor distribución [de riqueza].” Su visión de una izquierda pragmática, centrada en los pobres y no en el poder, sigue siendo un faro.

Heberto Castillo: El veracruzano que desafió al sistema

Heberto Castillo Martínez

Desde Ixhuatlán de Madero, Veracruz, llegó otro titán de la izquierda: Heberto Castillo Martínez (1928-1997). Ingeniero civil por la UNAM, inventor de la tridilosa (un sistema estructural antisísmico usado en miles de edificios mexicanos), Castillo no solo brilló en la ciencia, sino en la lucha social.

En los 1960, lideró movimientos obreros y apoyó a los estudiantes reprimidos en el Movimiento del 68, lo que le costó años en la cárcel de Lecumberri. Como Mujica, sufrió el encierro por sus ideales, pero nunca se doblegó. Fue un pionero en rechazar el modelo soviético, abogando por una izquierda democrática, alejada de Moscú, que inspiró la fundación del Partido de la Revolución Democrática (PRD) en 1989.

Como senador y mediador en los diálogos de paz en Chiapas en los 1990, Castillo demostró que la izquierda podía ser un puente entre el pueblo y el poder. Su muerte, el 5 de abril de 1997, por un infarto, dejó un vacío, pero también un legado: la lucha por una democracia verdadera, sin las cadenas del PRI, que dominó México por siete décadas. El presidente Ernesto Zedillo, del PRI, lo llamó “un luchador distinguido por causas sociales”, un reconocimiento raro para un opositor.

Un legado compartido para la izquierda

Mujica y Castillo, cada uno desde su trinchera, redefinieron la izquierda latinoamericana. Ambos creyeron en los “nadies” de Galeano: los pobres, los olvidados, los que cargan el peso de la desigualdad. Mientras Mujica abogó por una izquierda flexible, que dialogara sin perder su esencia, Castillo sembró las semillas de una oposición democrática en México, desafiando un sistema autoritario.

En Veracruz, donde la pobreza y la corrupción siguen golpeando, el eco de Castillo resuena en cada lucha por la justicia social, desde las calles de Xalapa hasta los campos del sotavento. En América Latina, la humildad de Mujica inspira a nuevas generaciones a rechazar el lujo del poder y abrazar la lucha por los marginados.

Hoy, al despedir a Pepe Mujica, recordamos que la izquierda no es un dogma, sino un compromiso con los que menos tienen. Como dijo Galeano, “el mundo nuevo” se arma con los sueños de todos. Mujica y Castillo lo entendieron, y su legado nos desafía: no basta con indignarse; hay que actuar. ¡Por Veracruz, por América Latina, sigamos su ejemplo!

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