
Carlos Elizondo Mayer-Serra | Cuando Trump era sólo un empresario, estuvo varias veces al borde de la quiebra. Salió de muchos atolladeros amenazando y blofeando.
Ahora, con el poder de la Presidencia, tras cuatro años de aprendizaje en el cargo y otros cuatro del gobierno de Biden donde reflexionó sobre los instrumentos disponibles para maximizar su alcance, se ha saltado restricciones institucionales y normas culturales construidas en las últimas décadas para acotar al Presidente. Quienes trabajan para él saben una cosa: hay que ser leales y alimentar su enorme ego. Medidas impensables hace una década ahora se han vuelto aceptables: desde usar al FBI para acosar a sus críticos, hasta aprovechar el poder para hacer multimillonarios negocios familiares.
En las monarquías absolutas el poder no tenía restricciones institucionales, pero eran débiles frente a las capacidades burocráticas de los Estados de hoy. Trump usa su poder muy frecuentemente de forma sorpresiva. Sin embargo, sigue cierto método: anunciar objetivos que parecen irreales, como adueñarse de Groenlandia, que son parte de su visión del mundo y que se van normalizando con el tiempo.
Sí, se echa para atrás si ve que el costo de alguna de sus amenazas es mayor de lo esperado, pero su objetivo de imponer altos aranceles a otros países a la par de bajar las restricciones a las exportaciones de su país a terceros se está cumpliendo. La volatilidad de Trump hará difícil alcanzar un régimen arancelario predecible.
Europa, una economía tan grande como la de Estados Unidos, pudo haber optado por la salida institucional: demandar las medidas arancelarias de Trump ante la OMC y responder con tarifas altas de represalia, como lo permiten las reglas de la organización. Les ganó el miedo. Dado que la defensa del continente depende de Trump, a los mandatarios europeos les pareció menos costoso aceptar sus exigencias que arriesgarse a su ira.
La estrategia de Trump conlleva altos riesgos para su proyecto. La incertidumbre y volatilidad asusta a las inversiones de largo plazo; si el poderoso se equivoca en sus intuiciones (la gran mayoría de las suyas no tiene fundamento), el costo que pagará la economía y el sistema de salud de su país será alto. Si se topa con alguien que entienda mejor los resortes del poder, que tenga más experiencia en manejarlo o mayor capacidad de planeación, su estilo impulsivo es poco productivo.
Los aranceles aún no se han traducido en inflación. Muchos importadores adelantaron sus compras cuando se hizo evidente que Trump impondría aranceles altos. Ningún actor importante quiere ser el primero en subir los precios y desatar la furia presidencial. Pero el aumento de los aranceles terminará en mayores precios para el consumidor. La economía de Estados Unidos está creciendo significativamente menos que el año pasado, a pesar del enorme impulso de la inteligencia artificial y los estímulos fiscales. El éxito de Trump en la elección intermedia del 2026 dependerá de qué tan eficazmente utilice su creciente poder para acosar a sus opositores -el asesinato del activista de derecha Charlie Kirk es el pretexto ideal- y lograr llegar con una economía en crecimiento y con inflación baja.
El impacto de sus decisiones en el mediano plazo es otra historia. En el mundo de la posguerra todos los actores eran formalmente iguales, aunque en los asuntos importantes mandara Estados Unidos. Esos principios formales le dieron cierta legitimidad a ese régimen. Era un poder sustentado en alianzas de beneficio mutuo que les permitió ganar la Guerra Fría. Ahora las nuevas alianzas se están tejiendo alrededor de China.
El poder descarnado permite resultados en el corto plazo, pero si está basado en supuestos equivocados, en el largo plazo los ciudadanos terminarán pagando un alto costo. Además, el poder acotado por las instituciones confiere legitimidad y suele ser más eficiente en el tiempo.
@carloselizondom

















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