
Guadalupe Loaeza | Hoy, 12 de agosto, amanecí más sabia que de costumbre. Ya no me importa el qué dirán, ni qué pensarán, si me veo joven o si de plano ya di el viejazo, o si estoy a punto de colgar los tenis.
Es cierto que aproximarse a los ochenta saca de onda, pero sobre todo, se trata, en mi caso, de una victoria pírrica. Ignoro qué piensan mis hijos de tener a una mamá ya «mayorcita». ¿Se preocuparán ahora más que antes? ¿Pensarán en su herencia o se dirán que ellos también están envejeciendo paso a paso? Y los nietos, ¿qué se imaginarán al notar que cada vez estoy más olvidadiza, más lenta y un poquito más encorvada?
No sé por qué tengo la impresión que ellos me ven de color sepia como las fotos de antes. Cuando les muestro mis fotos de antes me preguntan quién es esa señora tan guapa. Y les digo: «Soy yo». «¿Neta?». «Síiiii», les digo enfáticamente. Se quedan dudando. No me creen.
Para que pudieran venir mis hijos y mis nietos, celebré mi cumpleaños el sábado. Puse una mesa preciosa, con las flores que me regaló Checky. Los que también me mandaron unas flores muy bonitas, fueron mis primos Ceci y Nacho. Mi amigo Luis Ángel Casas me mandó de Puebla los maravillosos chiles en nogada. Xavier, una enorme botella de tequila. Sol me trajo un perfume de muy buena marca. Por su parte, Enrique me obsequió una pluma especial para una escritora. Pero el regalo más bonito que he recibido en toda mi vida, fue el de mis tres hijos que se pusieron de acuerdo para comprarlo: una jacaranda que vino directamente de los viveros de Valle de Bravo, se ve tan bonita en medio del patio de mi casa, que no me canso de admirarla y de darle la bienvenida a su nuevo hogar.
Plantar un árbol tiene muchos significados: es como plantar vida y contribuir con la naturaleza, es como ofrecerles un nuevo hogar a los pájaros y todos los colibríes que suelen venir a saludarme y es como un eterno recordatorio para los que lo plantaron: mis hijos. Por el momento la jacaranda no tiene flores, tiene unas hojas de un verde muy tierno, porque no es la temporada, pero cuando cumpla 80 años, la jacaranda estará floreando. Y entonces me pondré feliz y voy a bailar alrededor de su tronco muy delgado y elegante y le voy a cantar a la vida y al amor.
Al ver el árbol, no pude evitar acordarme de un texto del escritor portugués José Saramago, en el hace memoria de su abuelo y su amor por los árboles, es tan bello que lo citaré íntegramente:
«Soy nieto de un hombre que, al presentir que la muerte estaba a su espera en el hospital a donde lo llevaban, bajó al huerto y fue a despedirse de los árboles que había plantado y cuidado, llorando y abrazándose a cada uno de ellos, como si de un ser querido se tratara. Este hombre era un simple pastor, un campesino analfabeto, no un intelectual, no un artista, no una persona culta y sofisticada que hubiera decidido salir del mundo con un gran gesto que la posteridad registraría. Se diría que estaba despidiéndose de lo que hasta entonces había sido su propiedad, pero su propiedad eran también los animales de los que vivía y no se acercó hasta ellos para decirles adiós. Se despidió de la familia y de los árboles como si todo fuese para él su familia (…) En el fondo de su corazón tal vez mi abuelo supiera, de un saber misterioso, difícil de expresar con palabras, que la vida de la tierra y de los árboles es una sola vida. Ni los árboles pueden vivir sin la tierra, ni la tierra puede vivir sin los árboles. Incluso hay quien afirma que los únicos habitantes naturales del planeta son ellos, los árboles. ¿Por qué? Porque se nutren directamente de la tierra, porque la agarran con sus raíces y por ella son agarrados. Tierra y árbol, aquí está la simbiosis perfecta».
No tardará el momento en que también yo, como el abuelo de Saramago, me tenga que despedir de la jacaranda que plantaron mis tres hijos. El regalo más bonito que he recibido a lo largo de mis recién cumplidos 79 años.

















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