Rindiendo cuentas o la bondad del Señor Miyagui

En nuestra democracia el secreto gubernamental, la cuenta secreta, el término mismo de secretaria que viene de secreto, distanció brutalmente los actos de los funcionarios públicos, de los gobernados, sobre todo por las terribles secuelas deletéreas de la corrupción que mantuvieron en la secrecía. ¿Cómo saber qué hacían los gobernantes tras las pesadas paredes de sus palacios de gobierno? ¡Nunca se sabía, solamente se sentían sus efectos deleznables!
El avance de la democracia ha sido rudo, difícil, lento, lleno de vicisitudes para desmantelar el presidencialismo autoritario que desde la secrecía y la razón de Estado, auparon un sistema de corrupción y se robaron casi todo.
Al tiempo, empezamos a exigir que se transparentaran los actos de los servidores públicos, pero más allá, que: ¡Rindieran cuentas!
Que nos dijeran cómo, dónde, con quién, cuándo, para qué, se había hecho tal o cual obra o implementado las diversas políticas públicas… nada, el silencio ominoso de la autoridad… autoritaria… era la única respuesta.
Desde la histórica interpelación de Porfirio Muñoz Ledo al presidente José López Portillo en su sexto informe, allá por el año de 1988, comenzó el derrumbe de la hegemonía del presidencialismo autoritario, la opacidad en las cuentas y la borrachera de la corrupción dentro del neoliberalismo.
Al día de hoy, sobre un sistema de comparecencia que requiere ya profundas reformas para que no solamente sirvan para cierto lucimiento personal, sino reales audiencias que califiquen y sanciones el desempeño de los Secretarios o Secretarias de despacho, se presentó el Secretario de Gobierno Erik Patrocinio Burgos Cisneros a rendir cuentas de su cargo y particularmente, dando a conocer de manera más precisa el contenido del 1er. Informe de Gobierno del Ing. Cuitláhuac García Jiménez.
Con sala llena, tanto del personal del Poder Legislativo y del Ejecutivo, con una prensa ansiosa de captar la imagen del momento o el gazapo en la dicción o el dato que incrimine al compareciente o que exponga a la diputada o diputado que pregunta de manera inquisitiva y acorrala al secretario, se fue desarrollando la comparecencia… pero nunca se llegó al extremo de desbarrancarla: la inquina fue personal (falacias ad hominen) y no sobre políticas públicas a fondo; que sería lo que realmente importa para el mayor bien de Veracruz. Solo lucimiento personal en la bajeza y la diatriba.
La bancada de MORENA, lejos de cumplir con su papel de “control” al Poder Ejecutivo, de recuperar a fondo la teoría de equilibrio de poderes que son autónomos, se comportó complaciente y desaprovechó la oportunidad de demostrarle al pueblo que la 4T, va en serio y que la lucha contra la impunidad y contra la corrupción no es un simple eslogan, sino una política pública que construye una gobernanza democrática, donde la transparencia del acto administrativo y la rendición de cuentas son los pilares más fuertes del nuevo Estado: ¡Lástima!
La bancada del PAN, oposición dividida y fragmentada por la ambición de sus integrantes; ayunos de cualquier ideología, ajenos al pensamiento de Gómez Morín, hurgaron en los actos personales del Secretario y para colmo, ahí sí, honrando la tradición de quemar libros de la derecha (Farenheit 451, Ray Bradbury) le echaron en cara al secretario ¡haber escrito un libro! (que esa derecha no ha leído y que ojalá que ellos escribieran uno y así saber las profundidades de sus pensamientos), y preguntaron los porqués de su edición, el origen de recursos y quienes eran los benefactores de las regalías… poco o nada les interesó la implementación de políticas públicas de seguridad y de cultura de la paz. Mucho ruido y pocas nueces (Shakespeare).
Por su parte, PRD, MC, los independientes y los tránsfugas, ni siquiera pudieron encontrar los dislates o errores sintácticos u ortográficos del informe… ¡Solo les interesa la comodidad de la curul y seguir ganando a expensas del pueblo!
Mientras la comparecencia de Erik Patrocinio se deslizaba entre la complacencia de su partido y los exabruptos de las raquíticas oposiciones… en la calle, en la vida real, el Señor Miyagui camina preocupado por la crisis política, económica y social que parece, como maldición, no tener fin.
Las comparecencias debieran ser mecanismos legales para resolver los errores del gobierno; sancionar a los malos administradores y alentar y premiar a quienes realmente han cumplido con eficiencia y eficacia las políticas públicas que redundan en el mayor bien común para el pueblo.
Mira, el Señor Miyagi, el acontecer cotidiano con la sensación de inseguridad que reina en el país por las muertes sin fin del narcotráfico y los daños colaterales de las fuerzas armadas, que aún no se transforman en una policía de paz; su joven y bella esposa, con su pequeño vástago de 8 años, caminan con él y se construyen como ciudadanos a pesar de lo adverso que puede ser el ambiente cultural, adverso a la bondad, a la justicia y respeto del Estado de Derecho… a pesar de ello, viven y perviven con la esperanza de ver un amanecer luminoso donde la República y su nuevo Estado de Derecho garantice la felicidad en medio de la justicia y la paz.
⎯¡Papá, papá, dinero!⎯ gritó el niño mientras le daba un jalón de mano al Señor Miyagui que lo hizo girar por completo.
Sin darse tiempo a decir nada, y volviendo la vista hacia el suelo y a su espalda, y dado el sustantivo de dinero, el Señor Miyagui, miró a sus pies, a los de sus hijo y de su esposa y volviendo a mirar al niño, dijo con voz ansiosa: ⎯¿Dónde, dónde?⎯ El niño, intentando soltarse de la mano del padre, le empieza a señalar y a jalonearse hace un cajero automático y sí; ahí, por la ranura que dispensa el dinero en efectivo, se asomaban ¡varios billetes!.
Los diez o quince pasos que la joven familia dio, tomaron un tris de tiempo: ¡Mil quinientos pesos! Dio la parsimoniosa cuenta de los billetes… el corazón latía por la inesperada suerte; el niño excitado por su descubrimiento; casi al igual que Alí Babá y los Cuarenta Ladrones (Las mil y una noche) cuando al abrir la cueva descubre mil tesoros, estaba emocionado y deslumbrado… Pero ni el padre, ni la madre, ni el niño estaban solos, la consciencia de la bondad sobre sus espaldas contaba de igual manera los mismos billetes, pero además: las mismas acciones de los tres.
El Señor Miyagui y su esposa miraron alrededor, tratando de encontrar a la persona que por descuido había dejado el dinero… sus miradas aprensivas denotaban el grave conflicto moral entre lo suyo y lo ajeno, lo bueno y lo malo; entre la necesidad imperiosa que por enfermedad u otra cosa, debió el dueño de ese dinero acudir a sacarlo y bajo la tensión nerviosa, ¡Dejar olvidado el dinero!… el tiempo en su relatividad se expandió: segundos a minutos: ⎯¡Este dinero no es nuestro, hay que devolverlo a su legítimo dueño!⎯ sentenció con grave voz el señor Miyagui.
Vio como los ojos de su hijo se abrieron desmesuradamente, seguramente porque en su infantil mente, resultaba absurdo encontrarse dinero y no quedarse con él; vio los de su esposa que reposando en la idea del bien y de lo honesto, esbozó una tenue sonrisa de comprensión, mientras que su mirada se dirigía hacia su pequeño hijo y acariciándole la cabeza le hacía entender que lo que decía su padre estaba bien; la conducta de ella, le confirmó que tenía razón: ¡Educar a su hijo dentro de la honestidad y la probidad vale más que mil quinientos pesos!
⎯Debemos esperar, alguien debe aparecer por su dinero y nosotros aquí lo guardaremos. ⎯ volvió a decir de manera firme y contundente; la respuesta del niño, muestra la hondura que el ejemplo cincela en el espíritu infantil… algo pasó en la profundidad del alma del niño, que nunca soltó la mano del padre y, del estado de estimulación en el que se encontraba por haber encontrado dinero, pasó al de reflexión: de saber que no era suyo y que había que esperar a que llegara el legítimo dueño a recuperarlo… su rostro se transformó en un remanso de paz interior y dijo: ⎯ ¡Si papá!, pobre señora, debe estar llorando por no encontrar su dinero, aquí la vamos a esperar!
Nadie, nadie, nadie apareció a lo largo de media hora. Ellos al lado del cajero se sentían incómodos y hasta sospechosos, nadie tampoco llegó a extraer dinero de esas cuevas modernas de los cuarenta ladrones… sin más y porque el tiempo mismo es oro, el Señor Miyagui, temeroso, un poco, de que el propio banco fuera capaz de devolver el dinero a su legítimo dueño; guió a su familia hasta el personal de ventanilla del banco, mientras le decía a su hijo que: dado que nadie se había presentado en la calle reclamando lo suyo, lo correcto era que el propio banco, analizara el número de tarjeta y dispusiera todo para devolver al dueño lo suyo… El niño y la joven esposa, orgullosos de la conducta ética y moral del Señor Miyagui con gusto lo siguieron hasta que concluyeron la entrega al banquero.
⎯¡Verdad papá que hicimos bien!⎯ dijo el niño jalando más suavemente la mano al padre, mientras volteaba a ver su madre y, ésta le sonreía de felicidad al verlo crecer espiritual y éticamente.
⎯¡Claro hijo, hicimos lo correcto!⎯ mientras lo levantaba del piso y lo subía a sus hombros de gigante.

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