No para siempre en la tierra
Sólo un poco aquí…
Nezahualcoyotl
Anda, putilla del rubor helado
Anda, vámonos pa’l diablo
Villaurrutia
Ya los antiguos nahuas celebraban, en lo que correspondería al mes de agosto de nuestro calendario, especialmente dos fiestas: Miccailhuitontli («Fiesta de los Muertecitos»), el 8 de agosto, y Huey Miccaílhuitl («Gran Fiesta de los Muertos»), el 28 del mismo mes. De la primera fiesta, refiere el fraile dominico Fr. Diego de Durán, cronista del s. XVI, que era la «fiesta de niños inocentes muertos…
El ritual de la muerte niña se extendió por todo el continente con la llegada de los españoles y así lo que en la ceremonia de este día y solemnidad se hacía era ofrecer ofrendas y sacrificios a honra y respeto de estos niños». (Historia Calendario antiguo, cap. III, Noveno mes). Relata también Fr. Diego, que a la fiesta denominaban también «de los Muertecitos» (en diminutivo) debido a que era «preparación y aparejo» de la venidera Huey Miccaílhuitl, que celebraban junto con la solemne Xocotl huetzi.
De acuerdo a los textos de historia y de las disertaciones de quienes presumen conocer a las tribus, civilizaciones o culturas prehispánicas de México, hay registro de celebraciones en las etnias mexica, maya, purépecha, nahua y totonaca; los rituales que celebran la vida de los ancestros se realizan en estas civilizaciones por lo menos desde hace tres mil años; en la etapa prehispánica era común la práctica de conservar los cráneos como trofeos y mostrarlos durante los rituales que simbolizaban la muerte y el renacimiento.
Para los antiguos mexicanos, la Muerte no tenía las connotaciones morales de la religión católica, en la que las ideas de infierno y paraíso sirven para castigar o premiar, por el contrario, ellos creían que los rumbos destinados a las almas de los muertos estaban determinados por el tipo de muerte que habían tenido, y no por su comportamiento en la vida.
De esta forma, las direcciones que podrían tomar los muertos son:
El Tlalocan o paraíso de Tláloc, dios de la lluvia: A este sitio se dirigían aquellos que morían en circunstancias relacionadas con el agua: los ahogados, los que morían por efecto de un rayo, los que morían por enfermedades como la gota o la hidropesía, la sarna o las bubas, así como también los niños sacrificados al dios; el Tlalocan era un lugar de reposo y de abundancia; aunque los muertos eran generalmente incinerados, los predestinados a Tláloc eran enterrados, como las semillas, para germinar.
El Omeyocan, paraíso del sol, presidido por Huitzilopochtli, el dios de la guerra: Donde llegaban sólo los muertos en combate, los cautivos que eran sacrificados y las mujeres que morían en el parto. Estas mujeres eran comparadas a los guerreros, ya que habían librado una gran batalla, la de parir, y se les enterraba en el patio del palacio, para que acompañarán al sol desde el cenit hasta su ocultamiento por el poniente; su muerte provocaba tristeza y también alegría, ya que, gracias a su valentía, el sol las llevaba como compañeras. Dentro de la escala de valores mesoamericana, el hecho de habitar el omeyocan era un privilegio.
El Omeyocan era un lugar de gozo permanente, en el que se festejaba al sol y se le acompañaba con música, cantos y bailes. Los muertos que iban al Omeyocan, después de cuatro años, volvían al mundo, convertidos en colibríes, aves de plumas multicolores y hermosas.
Morir en la guerra era considerada como la mejor de las muertes por los aztecas, por incomprensible que parezca, dentro de la muerte había un sentimiento de esperanza, pues ella ofrecía la posibilidad de acompañar al sol en su diario nacimiento y trascender convertido en pájaro.
Finalmente, el Mictlán, destinado a quienes morían de muerte natural el lugar del aniquilamiento total y confundido con el infierno por los nobles frailes que llegaron a mesoamérica y que nada sabían de lo que habían encontrado: Habitado por Mictlantecuhtli y Mictacacíhuatl, señor y señora de la muerte, era un sitio muy oscuro, sin ventanas, del que ya no era posible salir.
El camino para llegar al Mictlán era muy tortuoso y difícil, pues para llegar a él, las almas debían transitar por distintos lugares durante cuatro años; luego de este tiempo, las almas llegaban al Chignahuamictlán, lugar donde descansaban o desaparecían las almas de los muertos.
Para recorrer este camino, el difunto era enterrado con un perro, el cual le ayudaría a cruzar un río y llegar ante Mictlantecuhtli, a quien debía entregar, como ofrenda, atados de teas y cañas de perfume, algodón (ixcátl), hilos colorados y mantas. Quienes iban al Mictlán recibían como ofrenda, cuatro flechas y cuatro teas atadas con hilo de algodón.
Por su parte, los niños muertos tenían un lugar especial, llamado Chichihuacuauhco, donde se encontraba un árbol de cuyas ramas goteaba leche, para que se alimentaran. Los niños que llegaban aquí volverían a la tierra cuando se destruyese la raza que la habitaba. De esta forma, de la muerte renacería la vida.
Cada uno de estos paraísos tenía su correspondiente región geográfica en la tierra y curiosamente, los tres tienen su asiento en Veracruz que, en cuanto a riqueza histórica y geográfica es el estado más agrtaciado del país pues, además de Llave de entrada al ombligo del mundo, también es la llave de entrada al inframundo o mundo de los muertos.
Las descripciones de los cronistas incluyen que, el tlatoani mexica ordenó vigilar las sierras o cerros grandes que describiera un nigfromante originario de Mictlancuauhtla y mandó a que los vigías estuvieran atentos en los montes Tochtlan y Mictlan. “…los montes Tochtlan y Mictlan desde donde pudieron primero avistarse la armada, no distan menos de 100 leguas de la capital y la capital no dista de la costa de Chalchiuhcuecan menos de 70 leguas”.
Aunado a esto, “por la poca diligencia de algunos historiadores, se cree comunmente en aquel reino que la primera población de españoles fue La Antigua, fundada sobre el río del mismo nombre y por consiguiente, que no ha habido más de dos poblaciones con el nombre de Veracruz”; según los datos obtenidos, la población fundada en 1519 con el nombre de La Villa Rica de La Vera Cruz sobre tierras de las costas de Chalchiucuecan o Chalchiucueyecan se asienta cerca de un cementerio prehispánico conocido como Quiahuitlan o Chiahuitztla, sobre el monte Mictlan en el poblado desaparecido de Mictlancuauhtlan, desde donde puede verse claramente el actual puerto de Veracruz, sin más ayuda que la de cubrirse el sol.
Según Orozco y Berra, Mictlancuauhtla –Floresta en el valle de los muertos- es una población ya desaparecida situada en las costas de Veracruz que, todavía en un mapa enviado a Felipe II en 1580 por el alcalde mayor Álvaro Patiño, aparece con el nombre alterado como Metlangutla; jacques Soustelle, experto francés en el panteón mexica, apunta que: los aztecas situaban –tal vez- la morada de los muertos (Mictlan) al norte del valle de México mientras que, el sur, es el país de la muerte, no tanto como morada de los difuntos, sino como residencia de mictlantecuhtli.
También se sabe que los habitantes autóctonos de Oaxaca, ubican la morada de los muertos en el mismo valle de ese estado, en el sitio conocido como Mitla, es decir: Mictlan, mientras que, Francisco Javier Clavijero acota que: Tolan y Mictlan, estados de la Mixtecapan (Oaxaca) son sojuzgados en 1507 por Cuitlahuac, apenas una década antes del arribo de los españoles.Humboltd dice que el pueblo de Mitla se llamó en otros tiempos Miguitlan –Mictlan, propiamente- el equivalente nahuatl para Mitnal, donde impera el dios Hun-au atormentando a los muertos -esto último es claramente una filtración cristiana de la época de la colonia pues como hemos visto, la concepción de la muerte para las culturas prehispánicas, era diferente de la Dance Macabre europea-
Mitnal en lengua mexicana significa, según unos autores, lugar triste, sitio de melancolía, los tzapoteca le llamaban Loeba-Yohobaa: Mansión Mortuoria, Casa Santa o de descanzo que significa Tumba.
La cultura mesoaméricana dominante se nutría de las demás culturas dominadas adoptando, en algunos casos, lo que era conveniente para su desarrollo, así, de manera ecléctica, los aztecas tomaron lo mejor de las civilizaciones de Cempoala, Cotaxtla y Coatzacoalcos, que eran culturas agrícolas cien por ciento, no cometían sacrificios humanos pues, sus principales deidades, estaban relacionadas con el campo.
Rlaloc, Chalchiuhtlicue, Chalchiucueyecan, Coyolxauhqui eran dioses y diosas de la fertilidad, mientras que, la geurrera cultura de la meseta o valle de México, rendía ofrendas a huitzilopochtli, dios de la guerra, y recibía tributos de los vencidos; así, a través de la historia, las leyendas y los mitos nos permiten ir desenterrando una verdad latente: nuestros abuelos nunca fueron un pueblo de gente dócil.
Sin embargo, también sabemos que crecieron en el temor del dios único: Moyocoyatzin, que es a la vez Padre (Totatzin) y Madre (Nonatzin), el dios que a sí mismo se hace o se inventa; el rey poeta Nezahualcoyotl supo gobernar porque sabía escuchar y comprender
Aunque sea de oro se quiebra
Aunque sea de pluma de quetzal se desgarra
no para siempre en la tierra
sólo un poco aquí
Escuchaba no sólo al consejo de ancianos (el senado romano) sino a su cuerpo de élite guerrera (lo que serían los legisladores acutuales, pero sólo en la imaginación) pero sobre todo, a sus sacerdotes y sabios (el poder judicial) sin olvidar a su pueblo, a su hermano el hombre.
Recientemente, hubo una pequeña rebelión en el Calmecac veracruzano, el Teutil designado para cumplir con las ordenes del Tlatoani mexica –en nuestro caso de Quanax Huato o Guanatos (Canta Ranas le llamamos alegremente en Veracruz)- está haciendo las cosas mal y está haciendo quedar mal, obviamente, al Cuitlalpitoc de Nopaltepetl, los historiadores que saben de esto aseguran que, lo anterior es debido a que el Teutil es incondicional del arcangel San Miguel quien, por ser blanco, no tiene cabida en el panteón mexica.
Dicen los Tlacuilos In Xochitl in Cuicatl que, con la posibilidad real, menor pero real de que el Cuitlalpitoc de Nopaltepetl ascienda a Huey Tlatoani del ombligo del mundo, el títere de Guanatos y sus errores no podrá acatar y cumplir las órdenes de su titiritero y su mascota y colocarlo como cuidador de Chalchiucuecan y las comarcas tributarias que los blancos llaman La Vera Cruz, mucho menos ahora que, por lo menos, dos trecenas del año ya se han cubierto de muertos y que ya se han celebrado en el país las tan honrosas excequias a Mictlantecuhtli, aunque se asegura que hay sacerdotes que piden más, no hay que olvidar que, los mayas, en sus profesías, marcan como aciago el 2012…
Pero antes estàn el 2009 y el 2010 asì que, esperamos que todo retorne a su normalidad para entonces o esperamos, con impaciente paciencia, que se cumpla el ciclo mayor para poder prender el fuego nuevo, el gran fuego de la Revolución.
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